OVEJA ROJA I



UNA ABUELA DE TEMER

Mi familia es bien facha, que quieren que les diga. Es aquella típica familia de clase media-media tirando para baja que durante el gobierno de Allende lo pasó bastante mal en términos prácticos. Ya saben, lo de las colas y tal. A eso le sumamos que no había militantes de ningún partido y que el discurso de la derecha les acomodó bastante. [el marxismo leninismo y sus agregados]
Por lo tanto crecer en ese contexto y salir más bien colorada no es nada fácil de explicar.
Hace un par de semanas en un cumpleaños familiar yo, para variar, hacía apología de la causa estudiantil y despotricaba contra Piñera y su inoperante gobierno. Mientras le pedía la sal a mi tía, esta me dijo: ¿Y desde cuándo  te diste vuelta la chaqueta? ¿Desde cuándo te pusiste tan roja?
No le contesté nada, básicamente porque me puse a pensar desde cuándo alguien como yo, crecida en una familia de clase media, sin pituto ni nepotismo, sin militancia ni mártires de la dictadura había salido media colorada.
Y hurgando en la memoria en el proceso de construcción de mi historia y de la de tantos niños que crecimos en dictadura empecé a recordar ciertos hechos que me fueron marcando el camino a seguir, el que claramente viraba a la izquierda del escogido por mi familia.
Resulta que mi abuela materna, mujer que quedó viuda y sola en Argentina con 6 hijos. Era 1940. Cruzó Los Andes y dejó atrás la posibilidad de vivir cómodamente en la hacienda de su suegra en Calingasta. Decidió volver a Chile, cerca de sus hermanas y hermanos y criar sola a su prole; sufrió un par de estafas y luego de muchísimo esfuerzo logró comprar una casa en la población Juan Antonio Ríos. Esa es la casa que yo le conocí, la que tanto amó y que la acogió en su muerte.
Cada vez que íbamos a su casa, tomábamos un colectivo en Matucana con Alameda que pasaba por el puente Bulnes. Mi mamá siempre se persignaba ahí porque me decía que “un curita muy bueno había muerto en ese lugar”. Claramente yo a mis cortísimos años pensaba que lo habían atropellado y por supuesto no sabía que el curita aquel era Juan Alsina.
Bueno, el asunto es que un día tomamos el colectivo como cada sábado y al pasar ese puente (recordemos que no estaban las moles de las carreteras urbanas) nos encontramos con una tropa de militares. Muchos, muchísimos.
Corriendo algunos, de punto fijo otros.  Patrullas por todas partes, y gritos desde los blocks de la Panamericana con Enrique Soro. Y justamente esa era la calle que debíamos tomar.
Un oficial, supongo, le dijo al colectivero que no podíamos pasar “por órdenes de mi oficial”. El chofer le dijo: pero señor, debo pasar, ve que tengo que hacer el recorrido completo, si la señora y la niña van ahí no más(eran como 3 cuadras, hasta Salomón Sack).

 – Negativo, nadie sale ni nadie entra al perímetro.

Recuerdo que al mirar por la ventana del auto no vi a ninguna persona además de los militares. Y recuerdo también que me puse a llorar. Las armas, el silencio quebrado por gritos de militares armados  y el no poder pasar me hicieron imaginar las peores cosas para mi abuela y mis primos que estaban dentro del dichoso perímetro que nosotros no podíamos pasar.
Finalmente el colectivo tuvo que devolverse y nos llevó de regreso a la Estación Central.
Tiempo después me enteré de la razón que nos impidió llegar a destino ese día. Había ocurrido hacía muy poco el atentado a Pinochet y los militares habían cercado la población, con fuerte tendencia de izquierda a fin de buscar armas.
Mi abuela vivía con sus 4 nietos en una de las casas de la población y dormía en el primer piso. En su pared colgaba un rosario de madera gigante, imaginen que cada una de sus cuentas era del tamaño de  un limón.
Cuando llegaron a allanar su casa se enfrentó a los soldados sola con sus casi 80 años a cuesta, su pelo perfectamente blanco y su voz firme:

-De aquí usted no pasa. Esta es mi casa.
-Córrase señora- le dijo apuntándole con  su arma.
-No me corro. Es mi casa, trabajé una vida completa para tenerla y ningún mocoso va a venir a meterse sin mi autorización.

Mi abuela era de temer. Criada en el campo de Illapel, le enseñaron a ser patrona de fundo pero la vida la llevó a convertirse en una obrera. Tenía su carácter la Señora Isabel.
El soldado fue a buscar al oficial a cargo, cuando este llegó le dijo a mi abuela en un tono seco pero no brusco:

-Señora, déjenos pasar por las buenas si no quiere que entremos por las malas. Tenemos que revisar todas las viviendas.
-¿Quiere entrar?, venga conmigo. Lo tomó del brazo y lo llevó hasta su dormitorio. Estiró su mano y le indicó el rosario de madera que colgaba en el muro medio descascarado.- ¿Usted cree que teniéndolo a Él en mi pared voy  a tener esas cochinadas que ustedes andan buscando? Váyase de mi casa y no moleste a viejas solas. ( sí, mi abuela era piadoooooosa)
Sea por obra divina, sea porque le tocó un milico con cierto criterio, el asunto es que la casa de mi abuela fue la única a la que no entraron.
En mi pequeña mente algo no empezaba a sentirse bien. 

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