La ardilla, los libros y la moto




Siempre me ha gustado leer. Bueno, al menos desde que tengo memoria. Recuerdo que cuando era muy chica mi mamá me compraba todas las semanas historietas del Pato Donald (Mickey me caía mal, vaya a saber una por qué) y mi papá en la calle me compraba cuentos para “colorear y pintar” (así rezaba el pregón de la señora que los vendía en el paseo Ahumada). Cuando crecí descubrí que mi mamá en su juventud y soltería había comprado muchos libros. De esos de empastes gruesos y de hojas cosidas. Bellos. A todo esto, mi papá estudió en la Escuela de Artes Gráficas la especialidad de imprenta y encuadernación, así es que él tampoco compraba cualquier libro (de hecho, arregla los míos cuando se rompen).
Adquirí por lo tanto, primero el hábito de leer y luego el gusto. ¿O fue al revés? Bueno, el caso es que como ya dije, siempre me ha gustado leer. En mi época escolar aparte de leer los libros obligatorios, leía también otros cuentos, enciclopedias e incluso diccionarios. Eso sí, me declaro absolutamente ignorante respecto a la literatura Latinoamericana, Mal, Una vergüenza (me gané pulgares para abajo).
Volvamos. También me empezó a gustar el olor a los libros, sobre todos a esos bien viejitos de hojas amarillas y para ello la Biblioteca Nacional se transformó en mi lugar favorito (Sala Gabriela Mistral, te amo)
A propósito de la lectura obligatoria escolar, confieso que “Francisca, yo te amo” y “Pregúntale a Alicia” eran como los Coelho y Sordo noventeros. Me aburrieron pero igual los leí.
Retornando al ítem libros, también me gustó ordenarlos. Sí, se lee harto ñoño, pero nada más lindo que un estante lleno de libros y que estos figuren ordenados ya sea alfabéticamente o por temas  (otra muestra más de mi ñoñería extrema). Ver sus lomos, los distintos tamaños, formatos, colores y texturas. Un primor.
Ahora bien, cuando entré a la universidad fue otra cosa. Ahí sí que leí y tuve que reaprender a hacerlo. Nunca había sacado tanta fotocopia en mi vida, porque claro, ni en mis mejores sueños me alcanzaba para comprar los libros originales. Manuales de Grecia y Roma, los textos de Teoría 1 , los libros de Descubrimiento y Conquista 1 ( ¡qué horror!), las 700 páginas que en promedio por prueba nos hacía leer Sagredo o el Otoño de la Edad Media de Huizingazzzzzzzzzzzzzzz casi me dejaron en banca rota. No todos los leí, he de confesarlo, pero al menos lo intenté. Es que los ojos no me daban para tanto. Aprovecho de confesar que nunca leí “Los Trastámara”, lo siento profesor Couyoumdjian, pero pucha el libro pa´ fome.
A medida que iba avanzando en los ramos mi pieza se llenaba y llenaba de fotocopias las que poco a poco fueron todas anilladas. Rayadas, subrayadas, con notas a los lados, papelitos de colores e incluso boletos de micros fueron la mayoría bien aprovechadas. Bueno, la manía de dividir los libros por capítulos con papelitos pegajosos de colores la sigo teniendo hasta hoy (tengo testigos). Ah, otra cosa que me quedó de herencia de mi paso por la Licenciatura en Historia fue la atrofia mental para leer libros de ficción. Pucha que me cuesta, pero la #hermandaTdelqueso se ha encargado  poco a poco de ayudarme a superarla. Gracias chiquillos.
Ahhhh,(suspiro) los libros.
 Bueno, siguiendo con eso, recuerdo que mi primer sueldo en la U fue en libros. Por estar dos días en un stand de las ediciones de la DIBAM don Rafael Sagredo (a.k.a El maeeeestro) me dio a elegir 5 libros (Aaaawwww, lindo, no?)
Bueno, cuando ya empecé a ganar sueldo de verdad y no en fichas o libros, empecé a gastar parte de mi dinero en… libros. Mi meta era comprarme todos aquellos que había fotocopiado alguna vez. Una lesera, lo sé, por eso la abandoné y ahora compro libros de... Historia. Lo siento, pero está en mi  ADN. Todos los meses me compro uno… bueno dos. Ok, a veces hasta 4 ¡pero es que no puedo resistirlo! En fin. Ya sea por los temas que estoy investigando, porque alguno me puede ayudar a hacer mejores clases, porque quiero conocer del tema o simplemente porque me obsesionó alguna colección. Por ejemplo, acabo de terminar de comprar la de Orlando Figes sobre Rusia. Ahora la pega es leerla. Lo de Anthony Beevor aún está en proceso, pero al menos “Creta” y “Stalingrado” ya los tengo. En versión edición cola fría pero no importa.
Debo reconocer, que soy una afortunada con esto de los libros porque en Chile comprarlos casi que es un lujo. Por eso es impresentable cualquier política pública de fomento a la lectura  que no contemple la eliminación del impuesto al libro. O sea, libros que en Argentina salen 5 lucas aquí he debido pagar hasta 30 mil. Así no se puede.  Leer incrementa la imaginación, fomenta las conexiones neuronales, mejora la ortografía, redacción y aporta en fundamentos al momento de argumentar. Puros beneficios por donde se le mire.
De todo lo anteriormente expuesto se puede deducir que uno de mis apodos de infancia era “ratón de biblioteca” pero con que usted me diga “ardilla de biblioteca” estamos.
Y bueno, ahora los dejo porque el @Karuruso me va a pasar a buscar en moto.

Comentarios

  1. Mariel, a mí también me gusta leer harto, y desde chica. Estaba obsesionada con Los Pecosos de Marcela Paz, mi mamá tuvo que esconderlo para que no lo leyera porque lo terminaba, pasaba un día o dos y empezaba otra vez, jajaj

    Cuando entré a la U mi pieza igual se llenó de fotocopias, ahora están todas en la casa de mis papás esperando que yo tenga un lugar propio para vivir y ordenarlas todas. Me sentí muy identificada con tu escrito, excepto por lo de los libros de ficción, esos me siguen gustando harto y me encanta leerlos, pero en fin, como siempre nos entregas un muy buen texto y entretenido además.

    Espero que el paseo con Karuruso haya estado muy bonito.

    Saludos!

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